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México - Síntesis histórica de las migración internacional en México

La inmigración hasta la Revolución de 1910

Luego de la independencia de México en 1821, y a pesar del resentimiento y recelo hacia los españoles como resultado de tres largos siglos de conquista y saqueo, se propagó en diversos sectores de la sociedad y también en los gobernantes mexicanos, la idea de atraer una caudalosa inmigración extranjera para promover el desarrollo y consolidar el proyecto de nación. Las autoridades estaban interesadas en poblar el vasto territorio del norte del país y desarrollar la agricultura al estilo estadounidense, para lo cual promulgaron leyes y decretos que pretendían alentar la inmigración europea, esencialmente (Berninger, 1974). Sin embargo, para mediados del siglo XIX, los extranjeros seguían siendo muy escasos, oscilando entre los 25 y 30 mil.

En este periodo, las confrontaciones y luchas internas posteriores a la independencia, y más tarde la pérdida de Texas (1836) y de otros vastos territorios del norte (1848) como resultado de la guerra con Estados Unidos ─así como la primera invasión francesa (1838-1839) y la ocupación y gobierno francés a las órdenes de Maximiliano (1862-1867)─ incidieron definitivamente en la forma específica de privilegios y restricciones hacia los inmigrantes en México, así como en el arquetipo del extranjero ideal buscado para ayudar al desarrollo nacional (Salazar, 2010).  Estos elementos se reflejaron en los diversos instrumentos jurídicos de la época y en la normativa migratoria posterior a la revolución de 1910, sobre todo cuando el curso de la política se tornó hacia la restricción de la inmigración y el fuerte nacionalismo. 

Fue bajo el último periodo del gobierno de Porfirio Díaz (1884-1911), que se concretó el asentamiento de algunas colonias agrícolas de extranjeros ─ muchas de las cuales fracasaron─ y que se logró la entrada de un número mayor de inmigrantes entre colonos, trabajadores, comerciantes, industriales y banqueros, impulsados por el desarrollo ferroviario y minero, así como del comercio y las urbes. No obstante, los resultados no fueron los esperados. Parte de esos extranjeros no se arraigaron en México y después de un tiempo emprendieron una nueva migración para establecerse en Estados Unidos; otros salieron a consecuencia de la violencia generada por la revolución de 1910 y los que se avecindaron en forma definitiva, quedaron en su mayoría en las zonas urbanas, a excepción de algunas colonias agrícolas en el noroccidente y sur del país (Rodríguez, 2010; Palma 2006). 

Aunque los inmigrantes fueron escasos, llegaron españoles, estadounidenses, franceses, alemanes, ingleses, italianos y rusos, entre los más favorecidos, así como japoneses, chinos y coreanos como peones con escasos salarios. También libaneses y judíos, que junto con los chinos aparecieron en los mercados en forma mucho más modesta que los europeos. La vecindad geográfica y los cambios políticos también trajeron a México guatemaltecos y cubanos hacia fines del siglo XIX. 

En 1910, la población extranjera se duplicó respecto a 1900, sumando 116,526 individuos, lo que representó solo el 0.8% del total de los residentes en el país según datos de los censos de población. En esa época también se estableció en México una clara estructura social en la que los europeos y las élites criollas dominaban las tierras y la industria; los indígenas trabajaban la tierra; y la mayoría de los mestizos ocupaban los resquicios socioeconómicos intermedios. Esta situación tuvo sus consecuencias en la revolución de 1910 y también con posterioridad.

Luego de culminada la revolución, a partir de 1930 las restricciones a la inmigración dominarían prácticamente todo el siglo XX, bajo una lógica nacionalista en medio de tendencias ambivalentes de fobias y filias hacia determinados grupos de extranjeros, como ya se daba desde el siglo XIX. Esto se expresó en el bajo volumen anual de entrada de inmigrantes, que solo se alteró por la llegada masiva de determinados grupos de exiliados y refugiados que fueron bienvenidos con procedimientos políticos especiales.

La emigración

En 1900, el 72 % de la población mexicana vivía en comunidades rurales (menos de 2,500 habitantes).  Más de tres cuartos de la clase trabajadora dependía de la agricultura, y tres cuartos de la clase media vivía en pueblos y ciudades. Las aldeas indígenas languidecían, mientras que las haciendas y las ciudades con población de habla hispana florecían (McCaa, 1997). Durante las décadas siguientes se produjo un aumento lento y sostenido de dichas comunidades urbanas. En el periodo de 1940 a 1970, las autoridades mexicanas fijaron el rumbo hacia una rápida industrialización del país. En esta etapa la contribución de la agricultura al total de la producción disminuyó del 21 al 11%, mientras que el aporte industrial aumentó del 25 al 34% (Levy y Szekely, 1982). Se produjo un vasto cambio en el patrón de poblamiento, con una emigración masiva de áreas rurales que se desplazó hacia los centros urbanos. 

El drástico movimiento de las áreas rurales a los centros urbanos implicó una dura prueba para la capacidad del país de construir infraestructura urbana y darle lugar al influjo de población. Esta disparidad, exacerbada por la limitada movilidad social y económica para grandes sectores de la población; las diversas crisis económicas, cuyos efectos se dejaron sentir especialmente en el medio rural; y la pujanza económica de su vecino del norte, fueron y son algunos de los principales factores que impulsan la emigración mexicana, mayoritariamente hacia Estados Unidos (98%).

El circuito migratorio entre México y Estados Unidos es actualmente el de mayor antigüedad en el mundo. Su evolución se puede estructurar en diferentes etapas de amplitud variable, con ritmo de crecimiento no homogéneo a lo largo del tiempo (Durand y Massey, 2003; Delgado y Márquez, 2007): 

  1. La pérdida de territorio y los primeros inmigrantes mexicanos en Estados Unidos (1845-1854). El origen de la emigración de México hacia Estados Unidos se remonta a los conflictos entre ambos países a mediados del siglo XIX y a la pérdida de las lejanas provincias del norte mexicano –Alta California, Nuevo México y Texas– que pasaron a formar parte de Estados Unidos mediante la anexión, conquista o la simple compra de territorios. “El norte lejano se convirtió desde entonces en el lejano Oeste” (Durand y Arias, 2004). De esta manera, los mexicanos que habitaban esa vasta región se convierten de facto en inmigrantes debido al solo movimiento de los límites territoriales (Delgado y Márquez, 2007). La herencia urbana dejada por España en ese gigantesco territorio se reducía a unas pocas ciudades con escasa población y una variedad de asentamientos dispersos de indios agricultores, parcialmente asimilados (Durand y Arias, 2004). Más allá del número de mexicanos que radicaban en esas tierras y de la discusión sobre cuántos se quedaron y cuántos se regresaron, en términos históricos interesa destacar que estos hechos son el inicio de la construcción de redes sociales entre parientes –cercanos o lejanos, que vivían o decidieron vivir en uno u otro lado de una frontera virtual y delimitada con criterios políticos extra regionales. A partir de entonces las redes han evolucionado hasta la conformación de verdaderas organizaciones de corte binacional, que gradualmente se han extendido a lo largo y ancho de ambos países. Estas redes y organizaciones, aunadas a diversos factores económicos y políticos, han alimentado el éxodo laboral de México a Estados Unidos por casi un siglo y medio. Las estimaciones sobre el número de mexicanos que se quedaron a vivir en Estados Unidos pueden variar entre 40 mil y 60 mil personas.
  2. La expansión del ferrocarril y los primeros desplazamientos migratorios desde México hacia Estados Unidos (1855-1900). Los desplazamientos migratorios de finales del siglo XIX no hubieran sido posibles sin el desarrollo de las redes ferroviarias en ambos países. Pero el ferrocarril no solo fue el medio de transporte para la partida, sino también la razón de los desplazamientos. La expansión casi simultánea de la red ferroviaria en ambos países, al igual que la expansión agrícola en Estados Unidos, dio lugar a un mercado de trabajo binacional, donde un creciente cúmulo de trabajadores mexicanos con experiencia en ambos sectores sustentaron gran parte de la expansión de estas actividades en el vecino país del norte. Durante las cuatro últimas décadas del siglo XIX el flujo migratorio de México a Estados Unidos fue continuo pero moderado. La cantidad de mexicanos en ese país aumentó lentamente en sus inicios de 68 mil en 1880, a 78 mil en 1890, y 103 mil en 1900 (McCaa, 1997; Durand y Arias, 2004).
  3. El enganche y los expulsados de la Revolución Mexicana (1900-1920). Este periodo se caracterizó por el sistema de contratación de mano de obra, privado y semi forzado, denominado “enganche”; por el deterioro de las condiciones de vida en los años finales de la economía porfiriana en México, a la par de la prosperidad económica del sudoeste de los Estados Unidos; así como por los miles de desplazados por la Revolución Mexicana y el incremento de la demanda de mano de obra barata en Estados Unidos por su ingreso a la Primera Guerra Mundial. De esta manera, en las primeras dos décadas del siglo XX el crecimiento de la emigración mexicana fue vertiginoso y su número se duplicó en tan solo diez años, alcanzando en 1910 los 220 mil mexicanos de nacimiento viviendo en Estados Unidos. Se estima que casi la mitad de ellos vivía en Texas, seguido por Arizona y California. Al estallar la revolución mexicana, casi el 2.5 % de la población nacida en México ya residía en Estados Unidos. Esta cifra subiría al 7.5 %  en 1920, cuando los mexicanos escapaban del caos político pos revolucionario y cubrían el vacío de mano de obra generado en los Estados Unidos por el gran desarrollo económico de la posguerra (McCaa, 1997). Como resultado, durante la segunda década del siglo XX volvió a duplicarse la población mexicana en Estados Unidos y alcanzar la cifra de 480 mil (Durand y Arias, 2004). Durante este periodo, los grandes establecimientos agrícolas, los ferrocarriles y las minas en los Estados Unidos se volvieron dependientes de los trabajadores mexicanos, que estaban dispuestos a aceptar empleos temporales y bajos salarios (Martin, 1993). 
  4. Las deportaciones y reparto agrario (1920-1941). Durante este periodo se identifican tres ciclos de retorno masivo y uno de deportaciones como respuesta a las crisis económica de 1929. El número global de mexicanos deportados por esta causa se calcula en más de medio millón (Carreras, 1974). Muchos de los migrantes repatriados fueron favorecidos por el reparto agrario en México, que se llevó a cabo por los gobiernos que surgieron luego de la revolución mexicana. En esta época se crearon leyes que restringieron la presencia de trabajadores extranjeros en México, como la Ley del trabajo de 1931, Ley de migración de 1930 y Ley general de población de 1936.
  5. Los programas de braceros (1942-1964). Ante la necesidad de Estados Unidos de contar con trabajadores agrícolas tras su ingreso en la Segunda Guerra Mundial, se suscribieron diversos programas bilaterales con México. El primero fue en 1942 y se prolongaron hasta 1964, debido al auge económico de la posguerra. Se estima que durante ese periodo México aportó 4.7 millones de trabajadores a Estados Unidos, con un promedio anual de 438 mil entre 1956 y 1959. A pesar de este programa, la inmigración indocumentada siguió siendo una importante fuente de mano de obra mexicana en los Estados Unidos. La cantidad de detenciones realizadas por las autoridades migratorias estadounidenses fue mayor que el número de trabajadores admitidos a través del programa, 5.2 millones (Morales, 1989).
  6. La era de los indocumentados (1965-1986). De manera unilateral, Estados Unidos dio por terminados los convenios de braceros y decidió regular el flujo migratorio a través del establecimiento de un sistema de cuotas, un control más riguroso de la frontera con México y la deportación sistemática de quienes no tuvieran sus papeles en regla. Este sistema resultó un fracaso rotundo en términos de control migratorio, las cuotas establecidas resultaron insuficientes para hacer frente a la demanda de trabajadores, la frontera era franqueable con gran facilidad y las deportaciones no desincentivaban nuevos intentos de cruce. En consecuencia, la inmigración indocumentada creció rápidamente. Las aprehensiones de estos migrantes se triplicaron en los primeros cinco años después de concluido los “programas braceros”, al pasar de 40 mil eventos anuales durante el primer quinquenio de la década de los 60 a 120 mil hacia el segundo quinquenio; se multiplicaron por cinco durante la década de los 70 (670 mil eventos) y alcanzaron casi un millón de eventos o más entre 1977 y 1985, llegando a 1.6 millones en 1986 (Morales, 1989). Del lado mexicano, la mecanización de la industria agrícola en México en los años 60 y 70, contribuyó de manera importante al incremento de la emigración hacia el Norte.
  7. La legalización y la migración clandestina (1987 a la fecha). Con la puesta en marcha de la Immigration Reform and Control Act (IRCA) se inició un proceso de amnistía para los inmigrantes indocumentados que vivían en Estados Unidos, lo que permitió la legalización de 2.3 millones de personas; además, se crearon programas de trabajadores especiales (las visas H). Junto con la legalización, se generó un proceso de migración clandestina para responder a la creciente demanda de mano de obra. El ritmo de crecimiento de la emigración mexicana hacia Estados Unidos, lejos de detenerse pareció exacerbarse. Se estima que 4.4 millones de mexicanos residían fuera del país (casi todos en los Estados Unidos) en 1990, aproximadamente el doble de la cifra estimada para 1980. En la actualidad, se estima que en ese país residían 10.8 millones de inmigrantes indocumentados en enero de 2009, más de la mitad mexicanos (Hoefer, 2010). 

En este periodo, la migración mexicana fue cambiando paulatinamente de circular y temporal a permanente. Además de ser eminentemente agrícola, se diversificaron los sectores de ocupación sobresaliendo la construcción y los servicios. A fines de la década de los 90, los cambios en la política agrícola mexicana contribuyeron a acelerar la fuga de las áreas rurales en México, al tiempo que la economía estadounidense creaba millones de empleos que podían ser ocupados por los inmigrantes mexicanos (Martin, 2002). El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), si bien creó empleos para ciertos sectores, golpeó fuertemente a la agricultura mexicana. Se perdieron en México casi 1.3 millones de puestos de trabajo agrícolas (1 millón para varones y 300,000 para mujeres), muchos de estos en cultivos tradicionales como maíz y frijol. Si bien el TLCAN pudo haber acelerado este proceso, esto ya venía de años anteriores (Alba, 2010). Se estima que viven en Estados Unidos 11.7 millones de inmigrantes mexicanos. (US Bureau Census, 2010).

Como resultado de la crisis económica y financiera global y del mayor control migratorio por parte de Estados Unidos, en los últimos años se ha visto reducido el número de emigrantes mexicanos de primera salida, esto es, muchos emigrantes potenciales han decidido posponer su desplazamiento migratorio. De esta manera, la pérdida neta por migración internacional se estima en aproximadamente 100 mil personas durante 2010, cifra tres veces menor a la registrada durante 2007 (320 mil) (ENOE, 2007 y 2010) y mucho menor al promedio anual estimado para el periodo 2000-2006, de 400 mil personas al año. El número de mexicanos detenidos por las autoridades migratorias de Estados Unidos en la zona fronteriza con México también muestra una tendencia a la baja y reafirma la conclusión de la desaceleración de la emigración mexicana. La cifra se ha reducido gradualmente en los últimos cinco años, de un millón en el año fiscal 2005 a 400 mil para el año fiscal 2010 (US CBP, 2011).

Por otra parte, aunque la población inmigrante mexicana en Canadá es una pequeña fracción respecto de la que existe en Estados Unidos, ésta también se incrementó notoriamente desde 1990, pasando de aproximadamente 19 mil en ese año a 50 mil en 2006 (Statistics Canada, 2009). El tipo de inmigrantes en Canadá varía, pero los movimientos recientes identifican a personas altamente calificadas y solicitantes de la condición de refugiado, algunos con motivos fundados a causa de la violencia en México o como estrategia migratoria ante los beneficios que brinda el sistema de refugiados en Canadá. De las más de 9,400 solicitudes para refugiados efectuadas por mexicanos en 2008, solo el 11% fue aceptada al finalizar el año (CIC, 2009). La emigración mexicana a Europa tiene a España y Alemania como principales países de destino y los flujos desde México hacia la región latinoamericana son poco significativos. 

México también es un importante receptor de remesas, que representan la segunda fuente de entrada de divisas desde el exterior, después de las exportaciones de petróleo (Alba, 2010). Las remesas, si bien representan menos del 3% del PIB nacional, han sido una contribución importante para el desarrollo y la supervivencia de muchas comunidades o familias desde los años 80. Actualmente, las remesas representan el medio de subsistencia familiar para 1.6 millones de hogares (ENIGH, 2008). También han aumentado constantemente en volumen, y las últimas cifras muestran que pasaron de 6.6 mil millones de dólares en 2000 a 26 mil millones en 2007 y, como resultado de la crisis económica y la estabilización de la migración, se redujeron a 21 mil millones durante 2009 y 2010 (Banco de México, 2011).

Nuevas tendencias: la migración de tránsito irregular 

En forma paralela al crecimiento de la emigración mexicana, en los últimos 25 años también ha sido importante la migración que transita de manera irregular por territorio nacional, con el único objetivo de llegar a Estados Unidos. Esto tomó fuerza desde mediados de la década de los 80 como consecuencia de la agudización de los conflictos armados en Centroamérica, y se incrementó gradualmente hasta llegar a un máximo histórico estimado en unos 430 mil eventos en 2005, no obstante que se firmaron acuerdos de paz y finalizó la guerra civil en El Salvador y Guatemala, en 1992 y 1996 respectivamente. 

Después de 2005 este flujo se ha reducido sustancialmente, llegando a unos 140 mil eventos estimados en 2010 (Rodríguez, Berumen y Martínez, 2011). Esta abrupta disminución puede explicarse por factores similares a los ya mencionados respecto a la reducción de la emigración mexicana hacia Estados Unidos, pero en el caso de los centroamericanos cobra mayor importancia el incremento de su vulnerabilidad ante la violencia ejercida en su contra por parte del crimen organizado durante su tránsito por México, que incluye secuestros y asesinatos.  

En este proceso de migración irregular que utiliza el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos, también participan en mucha menor cantidad, sudamericanos, caribeños, africanos y asiáticos, como parte de las  redes internacionales de migración irregular y tráfico de personas. La migración de tránsito otorga mayor complejidad a la dinámica migratoria en el país y modula parte de la opinión pública e interpretación actual de la presencia de extranjeros en México. 

En 2010, los extranjeros retenidos en México por estar en situación migratoria irregular fueron alrededor de 70 mil; de ellos,  92% eran centroamericanos (41.4% guatemaltecos; 34.1% hondureños y 15.1% salvadoreños). El resto venía de otros países de  América (4.4%), África (1.8%), Asia (1.5%), y Europa y Oceanía (0.3%) (INM, 2011). 

De los asilados y refugiados a la nueva inmigración

Si bien la segunda mitad el siglo XX consolidó a México como un país de origen y tránsito de migración internacional irregular, también ha tenido un papel importante como país de acogida de distintos grupos de asilados políticos y refugiados. A fines de los años 20, el país recibió a rusos que buscaban asilo, provenientes de la recién formada URSS luego de la revolución bolchevique. Los años 30 y 40 trajeron oleadas de inmigrantes que escapaban de las dictaduras en Europa. Entre 1939 y 1942 llegaron unos 20 mil republicanos españoles, y sus  aportes a la educación y la cultura mexicana son reconocidos hasta estos días (Pla, 2001). Otros grupos, sin embargo, no corrieron con la misma suerte. 

En 1954, México se convirtió en el destino más importante para refugiados de Guatemala que escapaban de la guerra civil. El mismo periodo atrajo a intelectuales de Estados Unidos que huían de la persecución del macartismo, así como a cubanos en los años 50 y 60 como resultado primero de la dictadura, y luego de la revolución socialista. La década de los 70 trajo a argentinos, chilenos y uruguayos que buscaban asilo y protección de sus respectivas dictaduras militares (Yankelevich, 2002). Entre 1970 y 1990, México también recibió a refugiados centroamericanos de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, que huían de los conflictos armados. Entre ellos destaca la llegada de alrededor de 60 mil guatemaltecos en los años 80. Al volver la paz a su país muchos de ellos retornaron en los años 90, y alrededor de 20 mil se quedaron en México como inmigrantes permanentes, muchos de los cuales se naturalizaron mexicanos gracias a las facilidades otorgadas por el gobierno para su asentamiento definitivo (Rodríguez, 2010). 

Desde una perspectiva histórica, la presencia en México de población nacida en otro país se relaciona principalmente con tres nacionalidades: españoles, estadounidenses y guatemaltecos, independientemente de las variaciones en su volumen según periodos históricos, y de la no  comparación con el principal grupo de extranjeros, que son los estadounidenses desde 1930.  En el censo de 2000, los nacidos en Estados Unidos constituían el 70% del total de los nacidos en el exterior residentes en México. Además de la real inmigración de este grupo hacia México, que es alta, hay que señalar que más del 60% de estas personas nacidas en Estados Unidos, nunca vivió o lo hizo muy poco en ese país, pues son hijos de mexicanos residentes en la zona fronteriza de México, o son hijos de emigrantes mexicanos que enviaron a sus hijos a vivir con familiares a sus comunidades de origen, o migrantes retornados en diversas épocas (Rodríguez, 2010).

De acuerdo con los censos de población, la proporción de personas nacidas en el exterior residentes en México, nunca ha llegado al 1% respecto al total de la población, asumiendo este segmento poblacional como los inmigrantes, a pesar del enorme ascenso de la emigración mexicana hacia Estados Unidos a partir de los años 70, y de que ese dato incluye a algunos cientos de miles de mexicanos por la razón antes expuesta, referida a los nacidos en Estados Unidos. El censo de población del año 2000 reportó 492,617 personas nacidas en el exterior, población que se duplicó en el censo de 2010 con 961,121. De estos últimos el 77% nació en Estados Unidos (INEGI, 2011). Se estima que para fines de 2009, en México residían 262,672  personas en condición de extranjería con un documento migratorio vigente (INM-CEM, 2011), a los que habría que sumar los extranjeros naturalizados como mexicanos. 

Desde la segunda mitad del siglo XX, además de los nacionales de Estados Unidos, cobran importancia sustantiva los grupos provenientes de América Latina y el Caribe, desplazando en volumen a europeos y asiáticos. En las últimas dos décadas sobresalen, guatemaltecos, colombianos, argentinos, cubanos, venezolanos, hondureños y salvadoreños. Dentro del goteo permanente de extranjeros a México, los datos más recientes indican un incremento en los últimos años de la llegada de extranjeros de los países ya mencionados, pero también de canadienses, brasileños y asiáticos provenientes de China y Corea del Sur. 

En general, la importancia de la inmigración en México sigue siendo más cualitativa que cuantitativa, con un alto impacto sociocultural por el nivel educativo de los inmigrantes y su participación en el mercado laboral como profesionales, personal directivo o inversionistas, independientemente que no todos estén en estos grupos y que existen situaciones muy particulares con estadounidenses y guatemaltecos.

Los trabajadores fronterizos guatemaltecos 

Desde que se definieron las fronteras actuales entre Guatemala y México en 1882, y la región del Soconusco pasó a formar parte de territorio mexicano, el mercado laboral de esa región ha estado estrechamente vinculado a los trabajadores agrícolas guatemaltecos. Ellos, en esencia, mantienen su residencia en Guatemala, pero han sido clave para el desarrollo de las plantaciones de café y otros productos agrícolas en Chiapas. Gran parte de esta producción no hubiera sido posible sin esa fuerza de trabajo (Ángeles, 2000). Desde los años 90 el gobierno mexicano ha tratado de ordenar y documentar estos flujos a través de diversos mecanismos, llegando a registrar hasta 70 mil trabajadores en un año. En 2010 el Instituto Nacional de Migración (INM) documentó a 28,544 trabajadores fronterizos guatemaltecos, y quizás otro tanto trabaja de manera irregular (INM, 2011).

En las últimas dos décadas, como resultado de la nueva dinámica económica de la región y el deterioro de la agricultura, los trabajadores fronterizos guatemaltecos han extendido su presencia a más regiones del sur mexicano y a diversos sectores de la economía, como el comercio, los servicios diversos, la construcción y el trabajo doméstico (Nájera, 2009; EMIF SUR, 2011). 

Estos trabajadores desarrollan una intensa vida transfronteriza de forma documentada o no, que se une a todo el movimiento de visitantes locales –más 1.7 millones de cruces registrados en 2010- y a los migrantes en tránsito irregular hacia Estados Unidos (Berumen y Rodríguez, 2009; INM, 2011).

Conclusiones

En síntesis, México es un país de origen, tránsito, destino y retorno de migrantes. Desde el siglo XIX hasta la fecha, la emigración ha sido un componente prevalente en el proceso migratorio, el que se acentuó en los años 70, y que en la actualidad hace que residan alrededor de 11.7 millones de mexicanos en Estados Unidos. Más de la mitad de ellos lo hace de forma irregular. Este proceso histórico ha sido acompañado por algunas oleadas de deportaciones masivas de migrantes mexicanos desde ese país, principalmente en la década del 20 y 30, así como por el retorno forzado a México de cientos de miles de migrantes que anualmente son detenidos por la autoridad migratoria estadounidense en su intento de internarse en ese país. 

A su vez, la inmigración extranjeros ─aunque en menor escala─ también ha estado presente en los 200 años de existencia de la nación mexicana, sin llegar nunca a constituir el 1% de la población nacional. Las tres nacionalidades que históricamente han tenido mayor presencia en el país han sido: españoles, guatemaltecos y estadounidenses, donde estos últimos son el gran componente desde 1930, llegando a alcanzar el 77% del total en el censo de población 2010. Además, debe destacarse el importante papel que México ha tenido como país de acogida de diversos grupos de asilados políticos y refugiados, entre los que destacan: españoles, guatemaltecos y sudamericanos, mismos que han dejado una importante huella en la cultura y sociedad mexicana en los últimos 50 años, lo que refuerza el criterio del mayor impacto cualitativo que cuantitativo de los extranjeros  en el país.

A lo anterior, se suma en los últimos 25 años el incremento de la migración de tránsito irregular que trata de cruzar el territorio mexicano para llegar a Estados Unidos, fundamentalmente desde Centroamérica. Este flujo llegó a alcanzar más de 400 mil episodios en 2005,  y disminuyó hacia los 140 mil en 2009 y 2010. A su vez, se mantiene una intensa vida transfronteriza en la frontera norte y sur de México que se expresa en diversas manifestaciones de la movilidad internacional de personas con estadounidenses, guatemaltecos y beliceños.